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LAS AGUJAS DE ORO

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Amalia
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MensajePublicado: Lun Sep 19, 2011 7:06 pm
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LAS AGUJAS DE ORO
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    LAS AGUJAS DE ORO

    Si bien es cierto que las historias personales no tienen gran valor deben convenir conmigo que a veces son interesantes puntos de referencia para comprender la idiosincrasia de los habitantes de una pequeña ciudad de la provincia.
    Por lo general no me gusta contar ciertas cosas, casi intimidades de mis vecinos. Sin embargo, ahora que no existe más el solar de los De Palma creo que ha llegado el momento oportuno de relatar uno de esos sucesos que pocos conocen ya que nadie habla de los hechos que son inexplicables por temor a parecer loco.
    He buscado la manera más adecuada para abordarlo. Lo ensayé una y otra vez pero mi natural impericia de narrador casi malogra el intento; por último me decidí por un modo sencillo y directo, aunque para justificar los defectos les diré que si encuentran ambigüedad y confusión son fallas bastante lícitas cuando se trata de repetir hechos ocurridos hace más de cuarenta años. Por otra parte esos años pueden ser muchos o pocos, según se mire.
    Por entonces, mi pueblo era un incipiente poblado rural con no más de 2.000 habitantes. Fue en la época que el campo era castigado no sólo por la sequía sino también por la langosta. Recuerdo que fue durante el invierno que mi familia, y la de los otros chacareros vecinos, sufrieron uno tras otro estos embates del destino.
    Las escasas lluvias habían reverdecido los campos sembrados de trigo y maíz. Parecía que se avecinaban buenos tiempos. ¡¡Y llegaron las langostas!! Aparecieron por el Norte como gigantescas nubes, oscureciendo el cielo y casi tapando el sol.
    Se hizo de noche en plena tarde. Las miles de langostas se fueron desparramando por el sembradío.....
    La primera vez mi madre me encerró junto a mis hermanos en la cocina. Cuando pude zafarme de su vigilancia me escapé hacia el galpón donde estaban los hombres improvisando unas barreras con chapas y herramientas.
    Vi a mamá y a las otras mujeres haciendo ruido con tambores y palas por el campo...
    Fue todo inútil. Como a las dos horas se fueron con la misma rapidez con que habían llegado. Dejaron todo devastado. Después vinieron otras veces: devoradoras e insaciables.
    Al grito de: __“Se viene la langosta”_cada cual cumplía la tarea encomendada. Los chicos también fuimos incorporados en esta especie de guerra desesperada: Colocar las barreras, preparar los aparatos lanzallamas para cerrarles el paso... ¡Fueron tiempos bravos!
    Con la sequía y la langosta la pobreza se fue adueñando de mi familia como de tantas otras, y como cierre de ese año las heladas del cruel invierno se llevaron lo poco que quedaba.
    Hoy parece mentira todo aquello... En ese entonces todos nos conocíamos y era un culto la solidaridad. Todos nos ayudábamos. Se hacía un homenaje sagrado a la amistad. Y se discrepaba, pero con respeto.
    A veces me pregunto cuál fue el secreto de esas devociones.
    Hoy todo es cambiar. Y buscar la culpa de los problemas en los otros, en el “afuera”: que el trabajo, el gobierno, la televisión, las retenciones a la soja, o la falta de tiempo...
    No adhiero a la teoría de los que aseguran que antes sobraba el tiempo. O los que expresan: _ “Antes se mataba el tiempo!.. _¡¡¡ Eso que se lo digan a otro!!!
    ¡Con lo que había que trabajar! Para mí, la que cambió fue la gente. Ahora todo se destruye porque sí. Sirva o no sirva. Desde una casa hasta una avenida de eucaliptos, o una reputación...
    Todo se destruye. ¡Mi pueblo cambió tanto en estos últimos años!...
    Sé muy bien que no faltarán los que me acusen desde algún café del Centro de cursi o aburrida.
    Desde ya les respondo que los extremos siempre coinciden. Y no sería raro que unos y otros, se vean reflejados como en un espejo en la historia prometida, advertiré que ninguno de los protagonistas hoy vive, por lo que se deberán contentar con mi versión.
    Cuando terminé la primaria vine a vivir al pueblo, a la casona hoy derrumbada de mi tío Luis Antúnez, el farmacéutico, con el fin de seguir los estudios secundarios. Hoy pienso que la verdadera razón _sobre todo la de mi madre_ era sacarme de la pobreza, de la miseria...
    El tío Luis y su mujer no tenían hijos, y mi presencia llenó ese vacío tan sentido por ambos. Me colmaron de atenciones, mimos y cuidados. Me compraron ropa nueva, zapatos y los cuadernos y libros para mis estudios en el Colegio Nacional.
    Mi natural facilidad para el trabajo me llevó a ofrecerme para ayudar a Tío en la farmacia.
    No me gustaban ni me agradan hoy las tareas de la casa, y mi tía contaba con su doméstica que vivía con nosotros.
    Así que después de hacer mis tareas y estudiar un poco, me instalaba en el despacho de la farmacia y repasaba los estantes, controlaba que los frascos estuvieran en orden, y los medicamentos en sus respectivos lugares. Me atraían esos frascos de tapa ancha con etiquetas de nombres raros.
    Algunas veces mi tío me daba un mortero de piedra y me hacía moler no sé qué sales, y entonces me sentía importante.
    La mayoría de los medicamentos eran recetas magistrales, y la preparaba el tío Luis que casi siempre trabajaba hasta altas horas de la noche. Me quedaba ayudándolo, alcanzándole los frascos hasta que mi tía me mandaba a dormir porque decía que tenía que madrugar al día siguiente. Siempre le obedecí a regañadientes y me juramentaba que iba a ser farmacéutico, que algún día iba a vivir con mi familia en una casa tan grande y cómoda como esa, sin preocuparnos más por la langosta.
    Con el tiempo se fueron cumpliendo en parte mis sueños...
    Pero volviendo a la historia les diré que en poco tiempo conocí a todos los clientes de la farmacia: a Humberto y su constipación, al reumático Jacobo, a Irene y su jarabe para la tos, y a unos cuantos infecciosos que no quiero nombrar. Mi tío alababa la seriedad y discreción que siempre demostré. También conocí a don Ernesto De Palma y a la señorita Juana Furmento.
    Tío le tenía especial consideración a don Ernesto. Al principio creí que era un estudiante de medicina o de química porque conversaban largas horas de fórmulas y preparados.¡Hasta discutían el poder de los elementos sobre la materia, y de la transmutación de los metales! Sin embargo, don Ernesto era herrero como su padre. Les voy a ser sincera, mis mejores atenciones eran para la señorita Juanita. Deseaba que siendo mayor, pudiera tener su belleza, su delicadeza, y sus modos tan elegantes. La observaba y trataba de parecerme a ella. Le ofrecía los mejores perfumes para ver cómo se los probaba en sus muñecas. Con esa forma tan femenina. A don Ernesto también lo conocí. Era flaco y bilioso, huraño y colérico, de mediana edad. Me formulaba extraños pedidos, nombres que muchas veces no podía hallar en las etiquetas de los voluminosos frascos. Entonces intervenía mi tío y yo me alejaba raudamente a atender a otros clientes, para no ser menoscabado ante la Srta. Juana.
    Don Ernesto era cliente asiduo. Casi diariamente venía a comprar algo. Vivía enfrente y se creía con derecho a golpear a cualquier hora. Tío también refunfuñaba y más de una vez me despertó para que encaramada en la escalera, le alcanzara unos frascos verdes que contenían unas piedras “muy valiosas”.
    Mi madre y mis dos hermanas pequeñas nos visitaban muy seguido, sobre todo en verano cuando papá y los dos hermanos mayores iban a la cosecha.
    Recuerdo que fue para las fiestas de fin de año que se organizaban romerías en el Parque Gral. Alvear y, toda la familia se dispuso desde hora muy temprana a concurrir. Mi madre y tía Clara no tenían otro tema de conversación. Yo limpiaba la farmacia ayudada por mi hermana Josefita cuando llegó don Ernesto y preguntó por el tío.
    Tras él entró la Srta. Juana. Fue en ese preciso instante que entré a sospechar...
    Les advierto que desde hacía un par de meses que se venían dando estos “encuentros casuales” en la farmacia. Coincidencia de tiempo y espacio.
    La Srta. Juanita me pidió unas sales para el dolor de cabeza. De su cartera, sacó un billete para pagar y se le cayó un papelito bien doblado junto a los pies de don Ernesto, que apoyado en el mostrador conversaba con mi tío en voz baja. Luego se fue taconeando sobre el piso todavía mojado. Sentí un frío por la espalda pero disimuladamente me agaché y haciendo como que limpiaba deslicé el cepillo hasta el mismo y lo traje hasta mí.
    El corazón me latía muy fuertemente. Parecía que se me iba a salir del pecho.
    Me fui adentro, y sobre la mesa repleta de frascos de glicerina, de glucosa, de trementina, lo desplegué. Reconocí de inmediato la letra pequeña y perfecta de la Srta. Juana.
    “MI ERNESTO ESPÉRAME ESTA NOCHE A LA HORA DE SIEMPRE”
    Estaba confirmada mi sospecha. Me quedé un momento como vacía. Como esas noches de luna en que parece que uno se eleva y no sabe dónde. Sin nada que pensar...
    Cuando me tranquilicé pensé ir al comedor y contárselo a mamá y a mi tía, sin embargo no lo hice. Me pareció que era una bajeza porque los dos eran mayores y además a mí no me importaba demasiado.
    Esa noche no tuve deseos de concurrir a la romería del Parque. Con el pretexto que podía venir algún cliente, y para acompañar al tío que estaba cansado, me quedé atendiendo la farmacia hasta bien tarde. Hacía mucho calor. Fui a la cocina a buscar un vaso de limonada y luego saqué la silla de mimbre a la vereda y me senté bajo los paraísos y mirando para todos lados.
    En la casa de enfrente había luces y movimiento. Al rato paró un coche y subieron los padres de don Ernesto.
    _”Van al Parque” - pensé en voz alta.
    Cerca de la medianoche apagué las luces la farmacia y volví a sentarme cómodamente bajo los paraísos. Todo estaba en silencio. La calle desierta daba cuenta del éxito de la Fiesta. No tenía miedo. El pueblo era tranquilo entonces.
    _Estarán todos_ discurrí_ bueno, todos menos don Ernesto, y la Srta. Juana...
    Y me reí con pircadía.
    De pronto escuché el tan conocido taconeo y bajé la cabeza buscando que las sombras escondieran mi rostro. Cuando la levanté vi que la Srta. Juana tocaba el timbre. Miró hacia uno y otro lado, y al abrirse la puerta se iluminó como una visión, y entró a la casa.
    La curiosidad y mis cortos años pudieron más que mi prudencia y crucé la calle y me encaramé al árbol de la vereda. La ventana estaba abierta. Desde mi puesto de observación los veía a los dos. Ella tenía puesto un traje rosa y estaba sentada en un sillón. Él de pie servía las bebidas en un bar que se recortaba en el fondo de la habitación.
    ¿Para qué viniste? _Preguntó con su voz avinagrada.
    Casi me caigo del árbol, y decidí abandonar el espionaje. Antes de bajar vi que él se acercó y la besó en la boca. Y decidí quedarme un ratito más. Fue cuando vi que él fue a un vetusto armario, a un costado del cuarto y trajo una muñeca de porcelana. Tenía las facciones de la Srta. Juana. Estaba desnuda. No medía más de cincuenta centímetros.
    Ella se quedó embelesada al descubrirse en esa perfecta miniatura. Don Ernesto le pidió unos mechones de cabello para colocárselos a la muñeca.
    Con los brazos cansados decidí bajarme del árbol. Estaba extrañamente cansada.
    Me fui directamente a dormir.
    Volví a ver a la Srta. Juanita para Reyes. Vino a la farmacia a buscar algo para el dolor de cabeza, algo más fuerte que las sales. Lo llamé a mi tío y él la atendió. Parecía preocupada.
    Esa noche nuevamente se celebraba una Fiesta en el Parque. Concurriría todo el pueblo, decía mi tía, y me regañaba: ¿-Cómo que no vas a venir?
    No fui porque debía ayudar a mi tío. No sé si les dije que era la única farmacia del pueblo. Y la gente confiaba mucho en él. Mi tío me agradeció. Estaba muy fatigado por las noches.
    Me volví a sentar en la silla de mimbre en la vereda. Cuando volvieron las vecinas con mi tía a las cuatro de la mañana, me encontraron durmiendo y pusieron el grito en el cielo, bajando todos los Santos de los males y cosas que me podían haber pasado. Además despertaron a mi tío que me retó.
    Después no volví a ver a la Srta. Juanita. Le atacó una extraña enfermedad de origen desconocido. Quedó paralítica y muda. Paulatinamente fue perdiendo el control de todas sus facultades.
    Por esa época mi tío tuvo una terrible discusión con don Ernesto. De ahí en más él dejó de venir a la farmacia.
    La Srta. Juana murió en la primavera siguiente. Este suceso causó una pena profunda en todos los que la conocieron. Fue por ese entonces que me fui a vivir a Buenos Aires a continuar mis estudios.
    Tío Luis enfermó gravemente de una dolencia extraña. Nada pudo hacer la ciencia para curarlo. Murió dos años después.
    Cuando me recibí me hice cargo de la farmacia. Tía había conservado el despacho tal cual lo recordaba. Todo estaba casi igual.
    Don Ernesto se había radicado en España y desde allí le escribía a tía. Nadie vivía en la casa de enfrente.
    A los tres años de estar a cargo de la farmacia alguien avisó a tía que había fallecido del corazón. Ella lloró mucho.
    Los herederos, unos sobrinos nietos, pusieron la casa y los muebles en venta.
    Compré el escritorio y dos empolvados libros. Al principio no les hice mucho caso. Ambos estaban profusamente ilustrados con figuras extrañas de brillantes colores. Al pie de cada página había una frase escrita en un idioma desconocido..
    Cierta tarde mi tía, ya muy anciana, observó uno de ellos y como si hablara para sí dijo que tío lo dibujaba mucho mejor.
    Cuando le pregunté qué cosa dibujaba mejor el tío, me alcanzó uno de los volúmenes y con sus temblorosos dedos fue recorriendo una a una las amarillentas hojas deteniéndose en aquellas ilustraciones incomprensibles.
    Luego entró al dormitorio y regresó con una voluminosa carpeta de tapas de cuero. En ella, tío Luis había trazado con sencillas líneas algunas figuras que me parecieron tremendamente familiares. Las hojas estaban numeradas siguiendo un orden diferente al de los libros. Esa noche me quedé hasta muy tarde cotejando los dibujos. Llegué a la conclusión que eran los mismos, pero que en los libros estaban sobrecargados de flores, guardas, adornos y colores que distraían la atención.
    Me llevó más de un mes relacionar las analogías en los colores de una y otra estampa...
    Nada parecía estar allí por azar. El primer descubrimiento importante me reveló la composición química del cinabrio. Esto me desconcertó sobremanera. En ese momento pensé qué interés podía haber tenido tío Luis en aquellos lejanos días en esos dibujos. Entonces recordé las interminables conversaciones del don Ernesto con mi tío sobre la materia, el espacio y el tiempo.
    Me considero un espíritu sencillo y poco proclive a la fantasía por lo que deseché en ese momento la idea de cualquier conexión con grupos esotéricos o que estuvieran realizando algún experimento “non santo”. Este fue uno de los grandes errores que cometí en mi vida..
    Otro (y éste más grave), fue dejarme seducir por las primeras revelaciones de los libros sin saber con certeza cuál era el fin que perseguía..
    Por las noches, después de cerrar la farmacia, me sentaba frente al escritorio que había pertenecido a don Ernesto ( y que por sugerencia de mi tía había colocado en mi dormitorio), y alumbradoa por la oscilante luz de la lámpara comenzaba a medir, a comparar, a cotejar una y otra vez mis anteriores observaciones.
    Yo misma me asombraba del rápido avance en el estudio pero no me sentía satisfecha. Algo se me escapaba. No estaba conforme con los supuestos adelantos. Tenía la sensación de que entre esos papeles aleteaba una verdad inquietante y secreta.
    No podía precisar qué interés me impulsaba cada noche a descifrar aquellos textos hasta que sentía que se me hinchaban los ojos, entonces abandonaba los apuntes. Cuando creía haber develado completamente el misterio de una ilustración aparecía un signo totalmente desconocido.
    Experimentaba una sensación de angustia y desasosiego difícil de describir. Me asaltaba una inextricable confusión mental.
    Durante una sobremesa, mi tía con inusual curiosidad me preguntó cómo andaban mis investigaciones. Le respondí que en general iba bien pero que me preocupaba bastante no poder interpretar las frases que estaban colocadas al pie de cada página.
    Para mi desconcierto ella se rió con una risa estridente. Creí sorprenderla en flagrante delito de despropósito. En forma inmediata se dio cuenta que su manifestación había estado fuera de lugar, y se recompuso tosiendo despreocupadamente.
    Me explicó con voz modulada que ella podía traducir perfectamente el sánscrito, la antigua lengua de la sabiduría. Y agregó que la filosofía hermética no podía comprenderse sin la interpretación de los grabados, de las fórmulas...
    Entonces la vi por primera vez. La viejecita tan dulce, con la que había compartido largos años de mi vida, era una perfecta desconocida.
    Me abrió de pronto los abismos de su delirio. La escuchaba ensimismado como si hablara de lejos. Me nombraba a Teofrasto Paracelso, Al Conde Alessandro di Cagliostro, no sé qué del oro potable, de la alquimia, del elixir de la eterna juventud...
    Me quedé muda y aterrorizada al verme reflejada en sus aceradas pupilas.
    Su rostro tenía una exaltación mística. Trataba de convencerme a cualquier precio del singular y extraordinario poder que iba a adquirir por medio de la magia... de mi misión trascendental...
    Yo la escuchaba absorta. Cuando terminó su insólito comentario me besó como todas las noches en la frente y se fue a acostar.
    Entonces salí de la casa. Estaba demasiado confusa y decidí caminar por las desiertas calles para ordenar mis pensamientos.
    Al regresar tenía la decisión tomada: abandonar por completo el estudio de los Libros mágicos.
    De ahí en más me dediqué a observar los gestos y hábitos de mi tía. Ella lo advirtió y se fue haciendo más y más tensa nuestra relación. Evitaba hablarme. En cada encuentro la miraba inquisidoramente. Cuando le comuniqué que había quemado los Libros se descompuso. Llamé al Dr. Muruzábal y diagnosticó embolia cerebral. La internaron. Pocas horas después moría.
    Luego del entierro experimenté la súbita necesidad de revisar todos los muebles de la casa. Así lo hice, y en su cuarto hallé el vetusto armario de don Ernesto. En una de las puertas superiores, disimulada tras un falso fondo, encontré la respuesta a mis inconscientes interrogantes.
    Eran tres cajas de madera semejantes a ataúdes. Abrí el primero y hallé un muñeco de cera atravesado por tres agujas de oro que tenía el rostro de tío Luis.
    La segunda caja contenía un muñeco de barro atravesado por una sola aguja de oro. Reconocí las facciones de don Ernesto. También había un manojo de cartas atado con un lazo y una mustia rosa roja...
    La muñeca de porcelana me miró desde el fondo de la tercera caja con sus increíbles ojos celestes totalmente abiertos. Con sumo cuidado para no hacerle daño le quité las cinco agujas de oro que atravesaban sus doradas sienes, sus perfectas caderas, sus brazos, su corazón y sus piernas. –


    AMALIA LATEANO



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Francis Falcon
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tiara brillante antorcha Inspiracion tu_y_yo

MensajePublicado: Mie Mar 14, 2012 5:31 pm
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    Buen trabajo amigo
    mis saludos Francis Falcón..





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Amalia
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MensajePublicado: Mie Mar 14, 2012 8:16 pm
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    Lo publiqué el Lun Sep 19, 2011 7:06 pm
    Recién por tu generosidad recibo un comentario.
    Este hecho desvanece los deseos de publicar en el Foro.
    Ni el Moderador comenta.
    Un beso realmente agradecido.
    Con este cuento gané un PRIMER PREMIO EN CÓRDOBA- ARGENTINA.
    Besos de luz
    AMALIA




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